A menudo leemos la historia de Adán como reflejo de toda la humanidad —nuestra relación con Dios y con los demás—, y nuestra capacidad para rechazar la voluntad divina. A pesar de que no aparecen palabras para «caída» o «pecado» en Génesis 3, tenemos razón al ver la experiencia de Adán en un nivel arquetípico, ya que en hebreo אדם (adám) significa «ser humano». De hecho, en la mayoría de los casos, «Adán» no aparece como un nombre propio, sino como «el humano» (האדם; ha’adám); como seres humanos somos motivados a vernos en la historia primordial. Sin embargo, además de ser un representante de toda la humanidad, Adán es un representante de Israel; tanto el ser humano como la nación son llevados a la tierra de Dios y luego experimentan el exilio.

El hebreo bíblico revela que Adán prefigura a todo Israel. Al comienzo de la narración de Génesis, «el Señor Dios creó (יצר; yatzár) al humano» (Génesis 2:7). De manera similar, al hablarle a la nación, Isaías declara que Dios fue el que «te creó (יצר; yatzár), oh Israel» (Isaías 43:1). Al final de Génesis 3, el texto dice que Dios «expulsó (גרשׁ; garásh) al humano» del Jardín del Edén (Génesis 3:24). Del mismo modo, cuando el pueblo de Israel se exilia de su tierra, Dios declara: «Debido a la maldad de sus obras, los expulsaré (גרשׁ; garásh)» (Oseas 9:15). En Jeremías, Dios le habla a la gente a través del profeta diciendo: «Te traje a una tierra abundante para que comas (אכל; ajál) su fruto (פרי; perí) y su bondad (טוֹב; tov), ​​pero cuando entraste, contaminaste mi tierra» (Jeremías 2:7). Esta descripción profética de la nación refleja el momento en que Adán y Eva ven que la «fruta» prohibida (פרי; perí) es «buena» (טוֹב; tov) para comer y «la comen» (אכל; ajál), transgrediendo así el mandamiento de Dios (Génesis 3:6).

Sin embargo, mientras la historia de Adán termina en exilio, la historia de Israel termina en restauración. Después del exilio, Isaías le dice a su pueblo: «El Señor tendrá compasión de Jacob y volverá a elegir a Israel, y los descansará (ינח; yanájen su propia tierra» (Isaías 14:1). El lenguaje del profeta para describir el regreso de Israel del exilio repite lo que Dios hace después de formar al ser humano: «El Señor Dios tomó al humano y lo descansó (ינח; yanájen el Jardín del Edén» (Génesis 2:15). A pesar de la transgresión de Adán en el jardín, el pueblo de Israel es llevado de regreso a su tierra, lo que presagia el plan de Dios para la restauración de toda la humanidad.

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