En Mateo 12:31-32 Jesús declara: «Todo pecado y blasfemia será perdonado a las personas, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado; pero quien hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el venidero». Frecuentemente, los cristianos se preocupan por si han cometido este pecado imperdonable sin saberlo, especialmente porque este versículo no aclara mucho la naturaleza de la transgresión. Este dilema proporciona un excelente ejemplo de por qué es tan importante leer las Escrituras en contexto: la discusión inmediatamente anterior entre Yeshúa y los fariseos muestra que el pecado imperdonable es atribuir la obra del Espíritu Santo a la obra de Satanás.

Cuando los fariseos oyen que Jesús ha expulsado un demonio de un hombre que antes era ciego y mudo, afirman: «Solo por Beelzebul, príncipe de los demonios, es que este hombre echa fuera demonios» (Mateo 12:24). Yeshúa responde: «Si Satanás echa fuera a Satanás, él está dividido contra sí mismo… y si yo echo fuera demonios por Beelzebul, ¿por quién tus hijos los expulsan? Por tanto, serán tus jueces. Pero si por el Espíritu de Dios echo fuera demonios, entonces el reino de Dios ha venido sobre ustedes» (Mateo 12:26-28). Jesús nota la acusación de los fariseos de que exorciza por el poder de Beelzebul (Βεελζεβοὺλ; hebreo: בעל זבוב) —una deidad filistea que asocia con Satanás (consultar 2 Reyes 1:1-4)—. Sin embargo, Yeshúa disipa esta acusación farisaica sugiriendo que no es un demonio el que sanó al ciego, sino el «Espíritu de Dios» (πνεύματι θεοῦ; pneúmati theou). El exorcismo mesiánico que los fariseos atribuyeron a la obra de un dios extranjero en realidad se logró por el poder del Espíritu Santo.

Inmediatamente después de que los fariseos identificaron erróneamente el poder detrás de la obra de Jesús, el Mesías menciona la blasfemia contra el Espíritu Santo. A la luz de este contexto, los lectores pueden saber que «hablar en contra del Espíritu Santo» es atribuir un acto del Espíritu a Satanás. Por lo tanto, para que alguien cometa el «pecado imperdonable», esa persona necesitaría ver u oír acerca de un acto milagroso de Dios y rechazarlo como obra del diablo. La blasfemia contra el Espíritu Santo no es un error cualquiera que uno puede cometer sin saberlo; más bien, el pecado imperdonable es una declaración deliberada que identifica la actividad divina como un esfuerzo diabólico.

La conclusión de este versículo es, por un lado, que los cristianos podrían pensarlo dos veces antes de apresurarse a etiquetar otro ministerio o movimiento que se auto identifica cristiano como «demoníaco» —si la acusación es incorrecta, podría conducir a una iniquidad interminable—. Es por eso que Jesús sigue su exposición del pecado imperdonable al decir que «las personas darán cuenta de toda palabra descuidada que pronuncien» (Mateo 12:36). Por otro lado, mientras los creyentes no tengan el hábito de difamar a sus compañeros cristianos como satánicos, pueden saber que no han perpetrado esta ofensa imperdonable. Sin duda, el Nuevo Testamento dice que «prueben los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo» (1 Juan 4:1), pero para probar los espíritus y evitar falsas enseñanzas no es necesario incluir acusaciones de tratos diabólicos. Jesús advierte que, para evitar hacer un juramento en falso, uno no debe jurar en absoluto (ver Mateo 5:33-34). Un principio similar se aplica en el caso del pecado imperdonable: para asegurar que no difamen al Espíritu… no difamen en absoluto.

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