Para la mayoría de los lectores de la Biblia el estatus de Jesús como el «Hijo de Dios» describe su divinidad. Por el contrario, cuando Jesús se llama a sí mismo el «Hijo del Hombre», el título parece denotar su humanidad. Sin embargo, por lo general es al revés: «hijo de Dios» es una frase para un ser humano e «hijo del hombre» describe la divinidad.

A simple vista parecería tener sentido que «hijo de Dios» sea un sobrenombre que marca la afinidad de uno con Dios o el estado divino. Por ejemplo, cuando Pedro dice de Yeshúa: «Tú eres el Mesías (Χριστὸς; Christos), el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16), uno esperaría que Pedro se refiriera a su divinidad. Pero estos títulos no denotan divinidad en las Escrituras de Israel. El término hebreo «Mesías» (משׁיח; Mashíaj), o «Cristo» en griego, significa «ungido», y este mismo lenguaje aparece en los Salmos para describir al rey davídico terrenal, a quien también se le llama hijo de Dios. El salmista dice que las naciones se volvieron «contra el Señor y contra su ungido (משׁיחו; mashijó)» (Salmo 2:2), y este rey ungido responde: «El Señor me dijo: “Tú eres mi hijo (בני ; bení); hoy te he engendrado”» (Salmo 2:7). Por lo tanto, cuando Pedro llama a Jesús el Mesías y el Hijo de Dios, está haciendo una declaración sobre el estatus real de Jesús como descendiente de David.

La misma referencia a la realeza vale para la descripción de Salomón por parte de Dios. Si bien será David quien tenga un hijo, el Señor asume la paternidad sobre el rey terrenal, diciendo: «Yo seré su padre, y él será mi hijo (בני; bení)» (2 Samuel 7:14). En otra parte de la Biblia, la filiación bajo Dios no incluye ninguna insinuación de divinidad. Por ejemplo, Éxodo describe a todo el pueblo de Israel como el hijo de Dios cuando el Señor le dice a Moisés: «Israel es mi hijo primogénito (בני בכרי; bení bekhorí)» (Éxodo 4:22). Para dar un ejemplo de los Evangelios, la genealogía de Lucas termina una larga lista de los padres y sus hijos con «Adám [hijo] de Dios» (Lucas 3:38), pero el evangelista no quiere decir que Adám fuese divino. En cambio, «hijo de Dios» es un título para los individuos que tienen una relación cercana con Dios, pero que no son deíficos.

Por otro lado, «hijo del hombre» (o «hijo de la humanidad») suena como si debiera describir a un ser humano terrestre. Después de todo, Dios llama al Ezequiel terrenal «hijo del hombre» (בן אדם; bén adám) casi cien veces (por ejemplo: Ezequiel 2:1-8; 3:1-25), entonces, ¿no debería significar lo mismo la autoaplicación de Jesús de «hijo del hombre»?  Pero Ezequiel está escrito en hebreo y Jesús habría hablado en arameo. Si bien los dos idiomas están relacionados, «hijo del hombre» significa algo muy diferente en el texto arameo de Daniel que en el texto hebreo de Ezequiel. En una visión nocturna, Daniel ve a «uno como un “hijo del hombre (בר אנשׁ; bár enásh) acercándose al trono celestial en las nubes y recibiendo el dominio y la gloria divinos de Dios» (Daniel 7:13-14). En arameo, «hijo del hombre» denota divinidad. Por eso el sumo sacerdote acusa a Yeshúa de blasfemia cuando Jesús dice: «Verán al Hijo del Hombre (υἱὸν τοῦ ἀνθρώπου; huiòn tou anthrópou) sentado a la diestra del Poder y viniendo con las nubes del cielo» (Marcos 14:62). No era una blasfemia que alguien afirmara que él era el «Mesías» o «hijo del Bendito», como dice el sacerdote (Marcos 14:61) —él sabía que estos términos se usaban para los hombres mortales en sus Escrituras— pero para Jesús equipararse a sí mismo con el «hijo del hombre» divino de Daniel era ir demasiado lejos.

Para los lectores modernos de la Biblia puede parecer paradójico que «hijo del hombre» denote divinidad e «hijo de Dios» signifique un mortal. Jesús es tanto «Hijo de Dios» como «Hijo del hombre», humano y divino, pero el significado de estos títulos no es necesariamente evidente en la actualidad. ¡En el mundo bíblico antiguo, las cosas no siempre son lo que parecen! Afortunadamente, una mirada a los idiomas y contextos judíos de las Escrituras puede iluminar su intención original.

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