A medida que Halloween se acerca cada año, tendemos a inundarnos con imágenes de fantasmas, espíritus malos y otras apariciones terribles. En la imaginación occidental moderna, los demonios también figuran entre estas entidades espirituales. El término «demonio» —del griego δαιμόνιον (diamonion)— aparece en las Escrituras, pero los demonios bíblicos no se parecen a los disfraces de la costumbre «dulce o truco» de Halloween. En el antiguo pensamiento israelita, «demonio» es otra palabra para un dios extranjero.

En el hebreo del Salmo 96, el salmista compara a los dioses inferiores de las naciones con el Dios supremo de Israel diciendo: «todos los dioses (אלהיםelohím) de los pueblos no son nada (אלילים; elilím), pero el Señor creó los cielos» (Salmo 96:5). Muchos años después, el traductor judío griego de este versículo en hebreo escribiría que «todos los dioses (θεοtheoì) de las naciones son demonios (δαιμόνια; daimónia), pero el Señor creó los cielos» (Salmo 95:5 LXX). Con base en el contexto comparativo del Salmo, está claro que «demonios» es otra manera de decir «dioses menores». Un contexto similar aparece en la traducción griega de Deuteronomio, en el que Moisés declara que aquellos que crearon el becerro de oro «sacrificado a los demonios (δαιμονίοις; daimoníois) y no a Dios (θεTheo); [ellos adoraban] dioses que no habían conocido» (Salmo 32:17 LXX). La poesía de la canción de Moisés corrobora la afirmación en los Salmos; es decir, que los demonios son dioses extranjeros inferiores al Dios de Israel.

Pablo cita este mismo versículo de la canción de Moisés para prohibir a los corintios interactuar con los ídolos. El Apóstol está de acuerdo en que los adoradores de los becerros sacrificaron a los «demonios y no a Dios (δαιμονίοις κα οθεdaimoníois kaì ou Theo), y desalienta a los creyentes en Corinto de ser «compañeros de demonios (δαιμονίων; daimoníon)» (I Corintios 10:20). Por lo tanto, es apropiado que Pablo vea a los ídolos extranjeros en Atenas y les diga a sus espectadores: «Percibo que en cada forma eres respetuoso de [tus] dioses (δεισιδαιμονεστέρους; deisidaimonestérous)» (Hechos 17:22). Pablo usa una palabra compuesta: (δεισι; deisi), «respetuoso» y (δαιμον; daimon), «demonio». A diferencia del lenguaje de hoy, en el siglo I, «demonio» no tenía una connotación horrible o abiertamente negativa —el público de Pablo no se ofende con que utilice «demonio» para describir a sus dioses. De hecho, cuando los ateneos oyeron el discurso de Pablo sobre el Dios de Israel, ellos asumieron (correctamente) que esta persona judía estaba hablando de «demonios extranjeros» (ξένων δαιμονίων; zénon daimoníon), es decir, dioses no griegos. Según los ancianos, los demonios no eran criaturas amenazadoras con cuernos y horquillas; en cambio, un demonio era un término general para otra deidad de la nación —y para los judíos, un «demonio» era cualquier dios que no correspondía con el único Dios verdadero de Israel—.

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