La supuesta distinción entre el «Dios de la ira del Antiguo Testamento» y el «Dios del amor del Nuevo Testamento» sigue siendo demasiado común en los círculos religiosos y no religiosos. De acuerdo con esta bifurcación, el Dios del antiguo Israel fue enojón y caprichoso, pero sufrió un cambio de personalidad positivo en la época de Jesús. Para probar tal teoría, un buen lugar para comenzar es la historia del diluvio —el primer y más amplio ejemplo del juicio divino corporativo—. Si bien Dios habría tenido buenas razones para estar molesto antes del diluvio, la narrativa no contiene referencias a la ira; en cambio, Dios está afligido por el estado de los seres humanos quienes ya habían destruido la tierra antes del diluvio. En lugar de una deidad descontenta, Génesis presenta a un Dios afligido que anhela la justicia.

En los días de Noé, «El Señor vio que abundaba la maldad humana en la tierra, y que cada inclinación de pensamiento en su corazón solo era malo cada día» (Génesis 6:5). Si alguna vez hubo un momento para la ira celestial, este sería el momento. Sin embargo, Dios no está enojado al ver la corrupción humana; más bien, Dios está triste: «El Señor lamentó haber hecho a la humanidad en la tierra, y se afligió (יתעצב; yit´atzév) en su corazón» (Génesis 6:6). El hebreo para «afligirse» (עצב; atzáv) es gramaticalmente reflexivo, lo que muestra que la aflicción de Dios es una aflicción que penetra hasta el núcleo del ser divino. Génesis presenta a un Dios profundamente afligido por el comportamiento humano, no a una deidad llena de ira o desprecio.

Finalmente, el Señor envía una inundación para aniquilar a la humanidad, diciendo: «El fin de toda carne ha venido delante de mí porque la tierra está llena de violencia… Los destruiré (שׁחת; shaját) con la tierra» (Génesis 6:13). Sin embargo, esta declaración de destrucción divina llega después de que los humanos ya habían destruido la tierra a través de sus pecados. Antes de que Dios decidiera enviar el diluvio, el texto dice: «La tierra estaba destruida (שׁחת; shaját) delante de Dios, y la tierra estaba llena de violencia. Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba destruida (שׁחת) porque toda carne había destruido (שׁחת) su camino sobre la tierra» (Génesis 6:11-12). Al enviar la inundación destructiva, Dios solo resalta lo que los humanos ya se han hecho a sí mismos; Dios lamenta la violenta «destrucción» de nuestra propia creación. El diluvio es un tiempo de llanto celestial, en lugar de ira, y la bendición de Dios después del diluvio (Génesis 9:1) es un recordatorio del amor divino y la reconciliación.

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