Jesús, mientras se acercaba a los israelitas samaritanos, no ocultó su perspectiva sobre Judea: «Los samaritanos adoran lo que no conocen; nosotros (los judeanos) adoramos lo que conocemos…». La mujer samaritana, a pesar de la oposición de su propia comunidad a los reclamos de la familia de David al trono de Israel, afirmó en silencio el razonamiento del joven profeta: «La salvación viene de los judíos», lo que en su mente sin duda significaba: «La salvación viene de la tribu de Judá» (Juan 4:22).

Es probable que Jesús tuviera un texto en mente cuando estuvo hablando con la mujer samaritana que nos ayudaría a entender su acuerdo acerca de que la fuente de la salvación viene «de los judíos». Jacob, cuando bendice a sus hijos antes de morir, reflexiona sobre las acciones de Judá, quien ahora era maduro y se había arrepentido de sus acciones pasadas. A pesar de no ser su hijo primogénito, Jacob bendice a Judá con estas palabras: «El cetro no se apartará de Judá, ni la vara del gobernante de entre sus pies, hasta que llegue a quien pertenece, y a él, la obediencia de las naciones» (Génesis 49:8-10). El libro de Apocalipsis iguala explícitamente a Cristo Jesús con el león de la tribu de Judá mencionado en la bendición de Jacob (Génesis 49:8-10; Apocalipsis 5:5-6).

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