A medida que se acerca el otoño, los judíos pronto estarán profundamente instalados en un período conocido simplemente como «las fiestas». Este período de «las fiestas» comienza con el mes hebreo de Elul, que acompaña al repentino soplo del shofár (el cuerno de carnero), llamándonos a salir de nuestro adormecimiento de verano para despertar y preparar nuestros corazones. Vale la pena señalar que las festividades ordenadas por Dios en la Biblia hebrea ocurren en primavera y otoño, cuando —aquí en la tierra de Israel— el clima es el más dinámico, estimulando los cambios más dramáticos en la tierra.

Un mes después de Elul, en el mes de Tishrei, se inicia Rosh Hashaná. Estamos acostumbrados a pensar en esto como el año nuevo judío, sin el champán y los fuegos artificiales. El término «año nuevo» no es incorrecto, ya que marca el año nuevo civil judío. Pero si esto es todo en lo que pensamos cuando hablamos de Rosh Hashaná, entonces hemos perdido la esencia. La Biblia lo llama Yom Teruá, —el día del «soplo» del shofár—. También es «Yom haZikarón», el día del recuerdo, cuando el Altísimo hace memoria  específicamente de todas y cada una de sus creaciones para juicio.

Desde Rosh Hashaná entramos en un período especial de 10 días enfocados en un examen de conciencia y arrepentimiento que nos conduce a Yom Kippur. Según Levítico 16, Yom Kippur es el único día del año en que el Sumo Sacerdote entra al Lugar Santísimo para hacer expiación por los pecados de todo el pueblo. Hoy en día, el ayuno de Yom Kippur nos permite centrar nuestra atención en la oración, la confesión comunitaria y el arrepentimiento sincero. Cinco servicios de oración largos (a diferencia de los tres habituales) conducen a un pronunciamiento de la unidad de Dios, a un soplo prolongado del shofár y a una frase especial que usamos ritualmente solo en dos fiestas santas: al final del Séder de Pascua y al final del último servicio de oración en Yom Kippur donde nos recordamos a nosotros mismos: «el próximo año en Jerusalén, la reconstruida».

Observa que la frase no dice solamente «el próximo año en Jerusalén», sino que el próximo año en un tipo muy especial de Jerusalén. No es (solo) la, a veces hermosa, a veces fea, Jerusalén de excelentes restaurantes, lugares sagrados, de atascos de tráfico, la de la calle Ben Yehuda y ataques terroristas. «El próximo año en Jerusalén, la reconstruida» nos recuerda nuestra anticipación a lo milagroso, nuestra expectativa de que lo (aparentemente) imposible se vuelve posible. El mundo puede ser y será cambiado. Parte de eso es obra humana y parte de eso es obra de Dios. Pero, llama al shofár, sería mejor si nos ocupamos haciendo nuestra parte.

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