Las personas de habla hispana a menudo usan la palabra «esperanza» para expresar deseos especulativos: «Espero que consigas el trabajo» o «Espero que ganemos este juego». En estos contextos, invocamos «esperanza» cuando cerramos los ojos, cruzamos nuestros dedos y esperamos la mejor conclusión posible para una situación insegura, pero esto no es lo que la Biblia quiere decir cuando habla de esperanza. En hebreo, «esperanza» (תקוה/מקוהtikváse asocia con Dios, por lo que el término expresa confianza, no en un resultado futuro, sino en una fuerza divina presente.

De acuerdo con los Salmos, la esperanza es decisiva porque viene de Dios: «Solo para Dios mi vida [espera] silenciosamente, porque de él viene mi esperanza (תקותי; tikvatí). Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza; no seré sacudido» (Salmos 62:5-6). El salmista ya está seguro de su liberación ya que Dios es el único en quien pone su «esperanza».

La palabra hebrea para «esperanza» es la misma que para la «agrupación» o «reunión» de las aguas (מקוה; mikvé). La Biblia usa la palabra mikvé cuando Dios junta las aguas en la creación: «Dios llamó tierra seca a la “tierra” y a la reunión (מקוה; mikvé) de las aguas (מים; máyim) él llamó “mares”» (Génesis 1:10).

Jeremías conecta esta reunión de las aguas con su esperanza en Dios: «Señor, la esperanza (מקוה; mikvé) de Israel, todo el que te abandona quedará avergonzado… porque abandonaron al Señor, el manantial de aguas vivas (מים; máyim)» (Jeremías 17:13). La «esperanza» que Jeremías tiene en Dios recuerda la fortaleza de Dios como el Creador: así como Dios reunió (mikvé) las «aguas» (máyim) en el pasado, Jeremías describe a Dios como su «esperanza» actual (mikvé) y su «agua» (máyim) viva. En el lenguaje bíblico, la «esperanza» no es un deseo abstracto, sino una garantía completa en la fuerza de Dios para sostener todas las cosas.

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