Jesús no huye del tema del infierno. Por ejemplo, le dice a sus discípulos: «Es mejor para ustedes entrar al reino de Dios con un ojo que con dos ojos ser arrojados al infierno (γέεννα; géhenna), donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (Marcos 9:47-48). De hecho, las advertencias explícitas sobre el «infierno» aparecen en todos los Evangelios (Mateo 5:22-30; 10:28; 18:9; 23:15, 33; Marcos 9:43-47; Lucas 12:5). A la luz de esta verdad bíblica, la siguiente declaración parecerá contraintuitiva, o incluso herética, pero es igualmente verdadera: el infierno no existe.

La noción judía de castigo después de la muerte se origina de una ubicación geográfica real. El Valle del Hijo de Hinóm se encuentra entre las localidades de Canaán en Josué (consultar Josué 15:8; 18:16), y se convirtió en un lugar de sacrificio de niños y de adoración extranjera. Los antiguos israelitas «construyeron los lugares altos de Baal en el Valle del Hijo de Hinóm (גאי בן הנם; géi bén hinnóm), para ofrecer sus hijos e hijas a Moloc» (Jeremías 32:35; consultar 7:31-32; 19:6; 2 Reyes 23:10; 2 Crónicas 28:3; 33:6). Este valle sirvió como lugar terrenal para un pozo post mortem que los antiguos judíos llamaron «Gehinnóm» (גיהנום) – «Géhenna» en griego y «Gehinnám» en arameo —el «Valle de Hinnóm»—. Mientras que el Valle de Hinnóm de Israel ciertamente existe, su contraparte de otro mundo todavía está esperando existir.

Según las Escrituras, el infierno se creará después de la resurrección de los muertos; en la actualidad, el infierno no existe. Cuando Jesús describe el infierno como un lugar «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (Marcos 9:48), cita la visión escatológica de Isaías de los justos que viven en el reino de Dios y los rebeldes que mueren en el fuego. A través del profeta, Dios describe una gran creación futura: «Los nuevos cielos y la nueva tierra que yo haga permanecerán ante mí… Toda carne vendrá a adorar delante de mí… y saldrán a mirar los cadáveres de los hombres que se han rebelado contra mí. Porque su gusano no morirá, ni su fuego se apagará, y permanecerán aborreciendo (דראון; deraón) a toda carne» (Isaías 66:22-24). Este «aborrecimiento» por los malvados es una realidad posterior a la resurrección. Como señala Daniel 12:2: «Multitudes de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán [en la resurrección], algunos para la vida eterna y otros para la vergüenza y el aborrecimiento eterno (דראון; deraón)». La Biblia describe a todos los que son levantados de sus tumbas y luego reciben vida eterna o aborrecimiento continuo. El infierno no es un destino para los malvados después de la muerte, sino después de la resurrección (Para el destino después de la muerte llamado Seol o Hades, da clic aquí).

La antigua traducción aramea de Isaías —o (תרגום; targúm)— reemplaza «aborrecimiento» (דראון; deraón) en el hebreo original con una referencia explícita al infierno. En arameo, Isaías 66:24 dice: «sus alientos no morirán, y su fuego no se extinguirá, y los impíos serán juzgados en el infierno (גיהנם; gehinnám)». El Targúm es paralelo a la cita de Jesús de este mismo versículo en Marcos 9:47-48, junto con su propia referencia al «infierno» (γέεννα; géhenna). Tanto para Yeshúa como para los judíos que escribieron el Targúm, el «infierno» será un lugar que existe en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Isaías profetizó. Los malvados no llegan al infierno inmediatamente después de la muerte; en cambio, van allí después de su resurrección corporal. Este escenario posterior a la resurrección es lo que el Targúm y Apocalipsis llaman la «segunda muerte» (consultar Isaías Tg 65:6; Apocalipsis 20:14; 21:8), es decir, una muerte que llega después de la resurrección. Las Escrituras aclaran que un lugar ardiente de juicio está reservado para el Mundo Venidero, en lugar del mundo actual. «Estamos esperando nuevos cielos y nueva tierra en la que habitarán los justos» (2 Pedro 3:13), y el «infierno» es una parte pendiente de esa futura creación. En otras palabras, el infierno (todavía) no existe.

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