Cuando Yeshua y sus seguidores salían de Jerusalén, sus discípulos se maravillaron de la belleza del Templo. Jesús respondió: «En verdad les digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada» (Mateo 24:2). ¿Cómo Yeshua podría saber que el Templo sería destruido?

En el año 167 a.C., el gobernante seléucida Antíoco IV comenzó a obligar a la población local de Judea a abandonar sus costumbres ancestrales y adorar a dioses paganos. Los seléucidas contaminaron el Templo de Jerusalén, robaron sus tesoros y erigieron una estatua a Zeus en el lugar sagrado (1 de Macabeos 1:41-64). Muchos creen que el libro de Daniel habla de este evento horrible cuando dice: «…Sobre el ala de abominaciones vendrá el desolador…» ( וְעַל כְּנַף שִׁקּוּצִים מְשֹׁמֵם; Daniel 9:27). En hebreo, ( שִׁקּוּץ; shekútz) es algo «impuro», «detestable» y «vil» que a menudo se relaciona con los ídolos y la adoración de dioses extranjeros (consultar Deuteronomio 29:16; Isaías 66:3; Zacarías 9:7; 1 Reyes 11:5; Nehemías 3:6). Según Daniel, esta cosa vil trae «destrucción» y «desolación»; el hebreo ( שָׁמֵם ; shamém) lleva una idea de «silencio» y «tranquilidad» porque todo está en ruinas. De hecho, las oraciones judías en el lugar sagrado cesaron cuando Antíoco lo profanó —nadie cantó ni sonó el shofar en el Templo—.

En aquellos días, un grupo sacerdotal de judíos conocido como los macabeos huyó a las montañas, se rebeló contra los seléucidas y luchó contra los invasores durante siete años. En el año 160 a.C. recapturaron el Templo, lo limpiaron de la contaminación y reanudaron los sacrificios al Dios de Israel (1 de Macabeos 4:52). Hoy recordamos esos eventos al celebrar Janucá ( חֲנוּכָּה), la fiesta de la «dedicación». Encendemos lámparas especiales de varias ramificaciones para recordar los milagros de aquellos días. Sin embargo, mientras los macabeos limpiaron el Templo, no libraron a Israel de la influencia extranjera. A medida que el Imperio seléucida declinó, Roma ascendió como el próximo gran poder del mundo. Los macabeos hicieron una alianza estratégica con los romanos, pero eventualmente ejercerían el mismo tipo de poder sobre Israel que los seléucidas tuvieron antes que ellos. 

Los edificios que impresionaron tanto a los discípulos de Jesús fueron erigidos por Herodes el Grande, quien comenzó a expandir el complejo del Templo de Jerusalén en el año 20 a.C. No vivió para ver su culminación alrededor del año 60 d.C, y sería destruido por el ejército romano solo una década después. Yeshua tenía razón: los maravillosos edificios serían derribados por Tito en el año 70 d.C. Jesús advirtió a sus discípulos, «cuando ustedes vean la abominacion de la desolacion, que se habló por medio del profeta Daniel, colocada en el lugar santo… huyan a los montes» (Mateo 24:15-16).

Parece que las palabras de Daniel no fueron solo sobre la desolación de Antíoco en la era de los macabeos. Yeshua previó la mayor desolación de Tito en el período romano. ¡A veces la historia se repite! En cada generación hay quienes buscan arruinar e intentar destruir las cosas santas de Dios. Pero el espíritu de santidad que una vez ardió en los macabeos continúa ardiendo en los corazones de muchos judíos que hoy encienden las lámparas de Janucá. Sea lo que sea lo que depare el futuro, con o sin el Templo, el pueblo y la tierra de Israel permanecen, y Dios continúa trabajando entre sus hijos.

 

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