Aristóteles ofreció la formulación más clara de lo que ha llegado a conocerse como la Ley de la no Contradicción: «El más seguro de todos los principios básicos es que las proposiciones contradictorias no son verdaderas simultáneamente» (Metafísica 4.6.1011b 13-14). En otras palabras, Aristóteles afirmó que los enunciados opuestos no pueden ser al mismo tiempo correctos. Esta idea filosófica griega sigue siendo fundamental para el pensamiento occidental moderno, pero los antiguos escritores de las Escrituras de Israel no estuvieron sujetos a la Ley de la no Contradicción. Cuando los lectores de hoy identifican lo que consideran como contradicciones en la Biblia, tales casos pueden molestar al creyente o galvanizar al crítico. Sin embargo, aplicar la noción de la «contradicción» al texto bíblico constituye un malentendido básico de una cosmovisión judía antigua en la que podrían coexistir afirmaciones opuestas. Aunque es difícil para las mentes modernas concebir tal cosmovisión, los autores bíblicos no se vieron limitados por el tema contemporáneo de la contradicción.

Los proverbios de Israel proporcionan uno de los ejemplos más claros de lo que los lectores actuales podrían entender como una «contradicción», pero lo que los antiguos israelitas vieron como perfectamente lógico. En Proverbios 26:4-5, la primera declaración es seguida por su opuesto diametral: «No respondas al necio según su necedad (על תען כסיל כאולתוal ta’án kesíl keivaltó), para que no seas como él. Responde al necio según su necedad (ענה כסיל כאולתוané kesíl keivaltó), para que no sea sabio ante sus propios ojos». En un esfuerzo por reconciliar esta aparente «contradicción», los lectores modernos podrían sugerir que uno debe responder a un tonto de acuerdo con su locura en algunos casos y abstenerse de hacerlo en otros, pero el texto en sí no ofrece esta explicación. Este tipo de lecturas armonizadoras van más allá de lo que dice el texto con el fin de plantear soluciones especulativas. Una respuesta históricamente más precisa es darse cuenta de que el antiguo enfoque judío de la literatura permitía este tipo de variación. En lugar de «contradicción», es mejor hablar de «divergencia didáctica», las declaraciones divergen, pero ambas tienen un valor heurístico para el autor original y para la audiencia de Proverbios.

El Nuevo Testamento sigue las mismas convenciones literarias judaicas que aparecen en Proverbios. Por ejemplo, Hechos de los Apóstoles presentan el mismo evento de dos formas irreconciliables. Al describir el encuentro de Saulo con Jesús en el camino a Damasco, Lucas dice que «los hombres que viajaban con [Saulo] se quedaron sin habla, escuchando la voz (ἀκούοντες μὲν τῆς φωνῆς; akoúontes mèn phones) pero sin ver a nadie (μηδένα δὲ θεωροῦντες; medéna dè theorountes)» (Hechos 9:7). Por el contrario, cuando Pablo vuelve a contar sobre el evento más adelante en Hechos, afirma: «Los que estaban conmigo vieron la luz (φῶς ἐθεάσαντο; phos etheásanto) pero no escucharon la voz (δὲ φωνὴν οὐκ ἤκουσαν; dè phonèn ouk ekousan) del que me hablaba» (Hechos 22:9). Estas descripciones precisamente opuestas están escritas por el mismo autor. Claramente, los creyentes en el Dios de Israel del siglo I no tuvieron el tipo de aversión al inconformismo narrativo que el Occidente moderno ha heredado de los filósofos griegos. Si estas variaciones existen sin problemas en el mismo texto del Nuevo Testamento, ¡cuánto más deberíamos esperar ver diferencias entre los distintos Evangelios! Los lectores modernos no deberían ver estas supuestas «contradicciones» como problemas a solucionar, porque no fueron «problemas» para los autores originales.

Los supuestos de la filosofía griega clásica siguen teniendo una fuerte influencia sobre los supuestos actuales. Sin embargo, los autores bíblicos no compartieron tales presuposiciones; las Escrituras de Israel no están controladas por la Ley de la no Contradicción. El matemático francés (y cristiano) Blaise Pascal escribió: «La contradicción no es un signo de falsedad, ni la falta de contradicción un signo de verdad» (Pensées, 384). Esta declaración captura el espíritu del antiguo pensamiento judío, y los lectores contemporáneos de la Biblia pueden evitar tensiones cognitivas innecesarias si somos receptivos a la forma judía antigua de ver el mundo.

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