«Los rabinos y el águila dorada de Herodes», un extracto de Flavio Josefo, Guerra 1. 646-656 (siglo I d.C.).

…Ahora el malestar de Herodes se volvió más y más severo para él debido a que los trastornos le afectaron en su vejez cuando se encontró en una condición melancólica. Ya tenía casi setenta años de edad y había sido abatido por las calamidades que le llegaron a él y a sus hijos, por lo tanto no tuvo placer en la vida, incluso cuando estuvo saludable… Hubo dos hombres eruditos en la ciudad [Jerusalén], que se consideraron los más hábiles en las leyes de su país y por eso se les tuvo gran estima sobre toda la nación. Ellos fueron Judas, el hijo de Séforis y Matías, el hijo de Margalus. Ahora, cuando estos hombres fueron informados de que el rey se estaba desgastando con melancolía y malestar, enviaron palabras a sus conocidos, de que era un momento muy apropiado para defender la causa de Dios y para derribar lo que había sido erigido en contra de las leyes de su país; pues era ilegal que hubieran tales cosas en el Templo como imágenes, rostros o una representación con similitud de cualquier animal. El rey había colocado un águila dorada sobre la gran puerta del Templo la cual estos eruditos les exhortaron que la quitaran… y les dijo que si surgía algún peligro, era glorioso morir por las leyes de su país, pues el alma era inmortal y un eterno disfrute de la felicidad esperaba a que muriera por esa causa…

…Se corrió el rumor de que el rey se estaba muriendo, lo que hizo que los jóvenes emprendieran el trabajo con mayor audacia; por lo tanto, se bajaron de la parte superior del Templo con cuerdas gruesas, eso al mediodía, mientras una gran cantidad de personas estuvieron en el Templo y cortaron el águila real con hachas. Esto fue contado al capitán del rey del Templo, quien vino corriendo con un gran cuerpo de soldados, capturó a unos cuarenta jóvenes y los llevó ante el rey… el rey tuvo una pasión tan extravagante que venció su enfermedad [por el momento], salió, habló al pueblo… y ordenó que los que habían bajado junto con sus rabinos, fueran quemados vivos; pero el resto que fue capturado fue entregado a los propios oficiales para ser ejecutados por ellos. Después de esto, el malestar se apoderó de todo su cuerpo y vino un gran desorden sobre todos sus órganos con varios síntomas. Tuvo una fiebre suave y una picazón intolerable en toda la superficie de su cuerpo… Además le costó respirar, no pudo respirar cuando estuvo sentado erguido y tuvo una convulsión de todos sus miembros, tanto que los adivinos dijeron que esas enfermedades eran un castigo para él por lo que había hecho a los rabinos. (Flavio Josefo, Guerra 1. 646-656).

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