Amidá

La oración judía es el palpitar del judaísmo. En el centro de su elaborada experiencia litúrgica se encuentra una oración que se destaca entre otras: la Amidá, literalmente, «oración de pie». La idea principal detrás de su nombre («oración de pie») es la entrada del adorador ante la presencia del Rey Celestial que está «sentado». Dios ha concedido la audiencia máxima a los adoradores humildes. No hay nadie más grande ante quien presentarse.

Por lo tanto, mientras que otras oraciones son extremadamente importantes, es la Amidá la que merece nuestra mayor atención. Hay mucho que se puede decir acerca de su forma actual y la historia de su desarrollo. Juntos vamos a considerar algunas cosas, lentamente y paso a paso a medida que avancemos a través de ella, experimentando su belleza y admirando su profundidad de devoción.

Preparativos finales

A pesar de que mucha de la preparación para esta audiencia divina ocurrió en oraciones anteriores, hay una petición adicional que se pronuncia ante Dios, justo antes de que se pueda rezar el resto de la Amidá.

  אֲדנָי שפָתַי תִּפְתָּח וּפִי יַגִּיד תְּהִלָּתֶךָ

(Pronunciado: Adonái sfatái tiftáj upí yagíd thilatéja).

«Señor, abre mis labios y mi boca declarará tu alabanza».

El adorador declara que su boca anunciará la alabanza de Dios, solo si Dios mismo otorga su permiso al abrir la boca de su siervo silencioso y sumiso. Muchas oraciones y alabanzas fueron pronunciadas antes de esto, pero ninguna en la presencia real del Rey de Reyes en la habitación de su trono. Ha llegado el momento de reunirse con Él y se solicita la aprobación final de Dios para hablar en su propia presencia.

Se presume que Dios, de hecho, concede esta humilde solicitud y el adorador judío comienza su serenata de alabanza, petición y agradecimiento a su Rey y Padre Celestial.

Bendición # 1A (PADRES)

ָּרוּךְ אַתָּה יהוה אֱלהֵינוּ וֵאלהֵי אֲבותֵינוּ. אֱלהֵי אַבְרָהָם. אֱלהֵי יִצְחָק. וֵאלהֵי יַעֲקב

(Pronunciado: Barúj atá Adonái elohéinu valohéei avotéinu. Elohéi Avrahám, elohéi Itzják valohéi Yakóv).

«Bendito seas, Señor nuestro Dios y Dios de nuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob».

La bendición regular «Bendito seas, Señor nuestro Dios, Rey del Universo…», que se encuentra en la mayoría de las oraciones judías, se intercambia de manera espectacular y deliberada en la Amidá por «Bendito seas, Señor nuestro Dios y Dios de nuestros padres». El adorador establece su derecho familiar y (por extensión) justifica su privilegio de dirigirse a Dios de esta manera especial e íntima. Aunque el Dios que el adorador judío tiene ante sí es, de hecho, el Dios de todas las naciones de la tierra. Es esta conexión familiar personal con Abraham, Isaac y Jacob la que establece el derecho y el privilegio de la Amidá. Pronto descubriremos por qué.

Bendición # 1B (PADRES)

A medida que continuamos el viaje a través de la Amidá, descubrimos el fundamento de esta oración, tanto en términos de por qué se debe alabar y adorar a este Dios, así como por qué el pueblo de Israel (y todos los que se les unen) reciben una autorización especial para entrar en la habitación del trono de Dios con tanta frecuencia. (La Amidá se reza tres veces por día, que en sí mismo significa el privilegio de un acceso pleno e incondicional a Dios).

הָאֵל הַגָּדול הַגִּבּור וְהַנּורָא אֵל עֶלְיון

(Pronunciado: HaÉl hagadól, hagibór vehanorá. El Elyón).

«El Dios grande, poderoso y asombroso, el Dios Altísimo…»

Esta descripción aparentemente accidental y precipitada del Dios de Israel es, de hecho, una declaración fundacional bien considerada de esta relación de pacto. Él es האל הגדול (pronunciado: haÉl hagadól) – El gran Dios.

La clave aquí es recordar que una cosmovisión bíblica presupone la existencia de otros seres poderosos de otro mundo (es decir, dioses). El artículo definido (ה) señala que este Dios no está solo, sino que es el Dios más elevado sobre todos los demás. Esta especificación de Él siendo no solo otro poderoso ser celestial, sino «El Gran Dios» se refuerza con su descripción como אל עליון (pronunciado: El Elyón) y se traduce como el «Dios Altísimo» (o literalmente, «el Dios Alto» que refleja la cosmología antigua del Cercano Oriente). Observa que en este caso no se utiliza ningún artículo definido, lo que confirma la observación anterior. También se le describe como האל הגבור (pronunciado haÉl hagibór), que significa algo semejante a «El Dios Héroe», «El Dios Guerrero» o (como en nuestra traducción más depurada), «El Dios Poderoso». Sobre todo, se dice que la deidad de Israel es האל הנורה (haÉl hanorá), que significa «El Dios Asombroso», o literalmente, «El Dios Terrible (que inspira temor)».

 

ּגּומֵל חֲסָדִים טובִים. וְקונֵה הַכּל

(Pronunciado: Gómel jasidím tovím. Vekoné hacól).

«Quien confiere amor favor y bondad y es el Señor de todo».

La frase גומל חסדים טובים se traduce mejor como «Él concede su bondadosa fidelidad». Esta importante frase establece que el Dios de Israel no debe ser entendido solo como el Rey de Israel, sino también como el Padre Celestial de Israel. Este tema de Avínu Malkénu (Nuestro Padre, Nuestro Rey) es muy importante en el judaísmo. En muchos sentidos define la naturaleza del pacto de Israel con su Dios. Esta concesión amorosa, amable y fiel de cosas buenas se confiesa en la frase corta (וקונה הכול, vekoné hacól), que básicamente significa «Dios legítimamente posee todo».

וְזוכֵר חַסְדֵּי אָבות. וּמֵבִיא גואֵל לִבְנֵי בְנֵיהֶם לְמַעַן שְׁמו בְּאַהֲבָה:

(Pronunciado: Vezojér hasidéi avót. Umaví goeál livnéi bneihém lemán shmó baahavá).

«Quien recuerda las buenas obras de los padres y trae un redentor a sus hijos, en amor y por el bien de su nombre».

Uno de los conceptos claves a considerar aquí son los méritos de los padres. Esta bendición establece claramente que la base de la vida del pacto de Israel está enraizada en la memoria de Dios por la fidelidad mostrada en las vidas de Abraham, Isaac y Jacob. En otras palabras, la fidelidad del pacto de Dios a las futuras generaciones del pueblo de Israel siempre estuvo basado en los méritos de sus padres.

Un ejemplo de la importancia primordial de tal acción es la lectura diaria del capítulo de la Aqedá (el sacrificio de Isaac) como parte de las oraciones matutinas de los judíos de todo el mundo. A pesar de las deficiencias de Abraham, él fue capaz de mostrar fe plena en su Dios cuando sacó el cuchillo y lo levantó sobre el cuerpo atado de su amado hijo (Isaac). En el judaísmo acciones como estas se entendieron como meritorias para todas las generaciones futuras en Israel. Por otra parte, esta idea judía parece negar la principal afirmación cristiana de que fue la muerte de Cristo en una cruz romana lo que trajo la redención al mundo entero. Sin embargo la conclusión opuesta puede surgir tras un examen más detenido. La idea de que la fidelidad de uno (Cristo Jesús) puede merecer la salvación y el perdón para todo el mundo es, de hecho, la misma idea judía de los méritos de los padres, ahora plenamente realizada en el Mesías Jesús.

Bendición # 1C (PADRES)

El último estribillo de la primera sección de la Amidá es también su breve resumen.

מֶלֶךְ עוזֵר וּמושִׁיעַ וּמָגֵן: בָּרוּךְ אַתָּה ה’, מָגֵן אַבְרָהָם

(Pronunciado: Mélej, ozér, umoshía, u magén. Barúj atá Adonái magén Avrahám).

«Rey, Auxiliador, Salvador y Escudo. Bendito seas, Señor, escudo de Abraham».

La palabra resumida «Rey» refleja la relación principal de cada judío con Dios. Él o ella es Siervo de Dios, no al contrario. Dios no existe para servir al judío. El judío existe para servir a Dios. Todo comienza aquí.

La palabra traducida como «auxiliador» no captura completamente el sentido del compromiso final que el Dios de Israel tiene con el adorador judío. En las historias de la Torá, atestiguamos no solo la fidelidad imperfecta de Abraham, Isaac y Jacob hacia su Dios, sino también (y principalmente) la perfecta fidelidad de su Dios a cada uno de ellos. Él es su auxiliador, pero en un sentido muy diferente al que normalmente concebimos como auxiliadores.

Ezér en hebreo lleva en sí la idea de un agente de intervención que está dispuesto a morir (e incluso a matar) por otro. Eva fue llamada a ser tan auxiliadora para Adán (Génesis 2:18) como lo fue Abraham cuando arriesgó todo para liberar a su sobrino Lot (Génesis 14:12-16). El Dios de Israel, el Dios de la oración judía, no es solo el Rey que revela su voluntad y espera ser obedecido. También está totalmente comprometido con el bienestar del adorador. Hablando metafóricamente, Él está dispuesto a morir y a matar para garantizar el éxito y la seguridad del adorador.

Cuando un judío confiesa que su Dios es el Salvador, el adorador recuerda todas las ocasiones en que Dios no simplemente intervino en nombre de Abraham, Isaac y Jacob, sino que lo hizo exitosamente. Cada uno de los patriarcas (junto con sus familias) fue literalmente rescatado por Dios de las manos de hombres malvados. El estribillo de la Amidá presupone esta memoria colectiva de los hechos fieles de Dios en nombre de los padres fundadores del pueblo judío. Una cosa es estar dispuesto a auxiliar, pero otra muy distinta es tener la capacidad de auxiliar (esta idea de la potencia de Dios se enfatizará en la próxima bendición de la Amidá).

La cuarta palabra que describe la relación de Dios con el adorador es magén, traducida con mayor precisión como «escudo». Es interesante que esta palabra (escudo) y no las otras palabras precedentes (rey, auxiliador y salvador) se repita como el último resumen en esta antigua oración hebrea «Bendito seas, Señor, escudo de Abraham».

En primer lugar, observa que el estado de YHVH como Rey, Auxiliador, Salvador y Escudo exige la alabanza y bendición sobre Él de parte del siervo que le adora. El judío debe verbalizar su teología. Él o ella no pueden permanecer en silencio ante la verdad de Dios que irrumpe en el mundo de su creación. Dado que la palabra judío (yehudí) significa básicamente, «el que agradece a Dios», la vida entera de un judío consiste en una práctica continua de bendición, alabanza, magnificación y agradecimiento a Dios por sus obras.

En segundo lugar, considera que el Dios Altísimo es descrito en hebreo simplemente como «tú». El hebreo, a diferencia de otros idiomas, no distingue entre el «tú» cuando se habla a alguien que posee un gran honor (como la realeza o la divinidad) y el «tú» cuando se habla a un compañero, un simple humano. El adorador se dirige al Dios de Israel de una forma muy personal, característico de dirigirse a otro ser humano. Esto es muy consistente con la forma en que Abraham le habló a Dios en los momentos de desacuerdo y negociación con Él (por ejemplo, Génesis 18:25).

Esta diferencia teológica se puede ver en muchos elementos del judaísmo y el cristianismo. Por ejemplo, si uno comparara las estructuras físicas de la iglesia y la sinagoga, vería esta diferencia básica en el enfoque cristiano y judío de Dios. Las catedrales cristianas, con sus altos techos, fueron diseñadas para proyectar la magnificencia trascendente de Dios. Las sinagogas judías, con sus bajos techos, fueron diseñadas para proyectar la presencia íntima de Dios entre su pueblo. Por supuesto, esto no siempre fue así, pero puede observarse como un principio general.

En tercer lugar, reflexiona sobre el hecho de que fue después de la exitosa salida de Abraham para rescatar a su sobrino Lot de los señores de la guerra locales (con gran riesgo para él y su familia), que Dios le habló, invitándolo a que continuara mostrando coraje y a no tener miedo. Dios personalmente garantizó protección y recompensa para Abraham en respuesta a su compromiso, coraje y generosidad con Lot y, posteriormente, con Melquisedec.

Los adoradores judíos, junto con todos aquellos que se les han unido a través de Cristo Jesús, pueden acercarse a Dios de una manera muy especial: confiados en el hecho de que Él los protegerá, los salvará y los auxiliará a medida que Él los gobierne con su amor y su poder como su Rey Celestial. Sin embargo, esta relación de pacto con Dios depende también de la fe y la fidelidad del adorador. Cuanta más fe y coraje muestren, más podrán contar con el Rey Celestial para protegerlos y recompensarlos más allá de su desenfrenada imaginación.

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