El asesinato del primogénito es la última y más severa medida divina contra Egipto. ¿Por qué Dios tuvo que usar una táctica tan severa? ¿Por qué fue esta plaga particular la conclusión necesaria del bombardeo de Dios contra Egipto? Las respuestas pueden estar en las inscripciones de los antiguos ataúdes egipcios que hacen referencia a un evento enigmático conocido como la «noche del asesinato del primogénito».

La décima plaga se desarrolla de la siguiente manera: «En medio de la noche (לילה; láila) el Señor asesinó a todo primogénito (בכורbejóren la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que está en el calabozo, y a todo primogénito de los animales» (Éxodo 12:29). A la luz de las plagas ambientales anteriores, la muerte del primogénito puede parecer una intensificación inesperada de la ira divina. Sin embargo, los egipcios no se habrían sorprendido; ya estaban familiarizados con una larga tradición que describía una noche en la que el «primogénito» perecería. Cientos de años antes de que los israelitas salieran de Egipto, los escribas del Antiguo Reino de Egipto (c. 2700-2100 a.C.) grabaron inscripciones funerarias en ataúdes reales; una de estas inscripciones dice sobre el difunto: «Yo soy el que será juzgado con “Aquél Cuyo Nombre Está Escondido” en aquella noche del asesinato del primogénito» (Textos de los sarcófagos VI: 178).

La narración de Éxodo repite este texto sarcófago en su referencia a Dios «asesinando» (נכה; naká) al «primogénito» (בכורbejór) en la «noche» (לילה; láila). Es aún más sorprendente cómo el texto egipcio hace referencia a un dios llamado «Aquél Cuyo Nombre Está Escondido». Este título misterioso parece indicar una deidad conocida por los egipcios (basada en la adición jeroglífica que los estudiosos llaman el «determinante divino» siguiendo la oración). Sin embargo, el relato de Éxodo replantea esta tradición egipcia de un dios sin nombre y la aplica al Dios de Israel cuyo nombre está inicialmente escondido, tanto para los egipcios como para los israelitas. Faraón le pregunta a Moisés: «¿Quién es el Señor para que yo escuche su voz y deje ir a Israel? No conozco al Señor» (Éxodo 5:2). Del mismo modo, Moisés pide conocer el nombre de Dios cuando se encuentra con la presencia divina en la zarza ardiente: «Si voy al pueblo de Israel y les digo: “El Dios de sus antepasados me ha enviado a ustedes, y me pregunten: ‘¿Cuál es su nombre?’ ¿Qué les responderé?”» (Éxodo 3:13). De acuerdo con las Escrituras, el dios que los egipcios conocían como «Aquél Cuyo Nombre Está Escondido» resulta ser el Dios de Israel y el pueblo de Egipto (y sus dioses) terminan siendo «juzgados» por Dios en la noche de la muerte del primogénito.

Esta es la razón por la que la plaga final tuvo que ser la muerte del primogénito: el texto conservado en los ataúdes egipcios, que describe a una deidad anónima juzgando al difunto la noche del asesinato del primogénito, fue algo que el Dios de Israel replanteó irónicamente para que la plaga final fuera paralela a la tradición egipcia de una manera que afligió a Egipto y liberó a Israel.

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