En la tradición cristiana, la serpiente del Edén está asociada con Satanás. Justino Mártir (c.160 d.C.) atribuye el comportamiento satánico a la serpiente de jardín, escribiendo: «El diablo se paró a la mano derecha del sacerdote Josué, para resistirlo» [Zacarías 3:1]. Y nuevamente, está escrito en Job… que los ángeles vinieron a presentarse ante el Señor «y el diablo llegó con ellos» [Job 1:6; 2:1]. Y tenemos registrado por Moisés al principio de Génesis que la serpiente engañó a Eva y fue maldecida (Diálogo con Trifón 79). A pesar de este vínculo patrístico, nada en las Escrituras de Israel o del Nuevo Testamento asocia la serpiente edénica con Satanás.

En este punto, muchos cristianos objetarían citando la conexión entre la «serpiente» y «Satanás» en Apocalipsis (12:9; 20:2). Esta respuesta es comprensible, pero lee este artículo antes de hacer referencia a Apocalipsis. Alternativamente, los lectores pueden citar Isaías 14 o Ezequiel 28. Nuevamente, haz clic aquí y aquí antes de dejar un comentario sobre Lucifer o presentar al Príncipe de Tiro. Más allá de los datos bíblicos, una objeción común proviene de la arena biológica: si la serpiente edénica fue solo un animal, entonces, ¿cómo pudo hablar? Una respuesta popular es que el animal estuvo «poseído» por el diablo o estuvo aliado con fuerzas de otro mundo. Sin embargo, la Biblia no sugiere que la serpiente fuera víctima de posesión demoníaca; esta conclusión proviene de combinar el concepto de posesión que aparece en todo el Nuevo Testamento con la presuposición experiencial de que las serpientes no pueden hablar. Génesis no equipara a la serpiente con Satanás ni con ningún habitante del reino demoníaco. Hay una razón mucho mejor y más bíblica para la voluble víbora del Edén.

Según las Escrituras de Israel, los animales pueden hablar cuando están cerca de Dios. Un ejemplo bíblico de este fenómeno ocurre cuando un ángel aparece ante Balaam y su burro: «Cuando el burro vio al ángel del Señor, se echó debajo de Balaam, y Balaam se encendió en ira y golpeó al burro con su vara. Y el Señor abrió la boca del burro y él dijo a Balaam: “¿Qué te he hecho yo para que me hayas golpeado estas tres veces?» (Números 22:27-28). El burro continúa dialogando con Balaam como Eva se enfrenta a la serpiente en el Edén (consultar Números 22:29-30; Génesis 3:1-5).

Los animales no solo pueden hablar durante la visita divina, sino que también pueden comportarse de manera completamente contraria a su naturaleza. Según Isaías, cuando el reino de Dios aparezca en medio de un cielo y una tierra nueva, «el lobo y el cordero serán apacentados juntamente; el león comerá paja como el buey; ¡pero para la serpiente (נחשׁ; najásh) polvo (עפר; afár) será su comida!» (Isaías 65:25; consultar 11:6). El profeta afirma que mientras los temibles lobos y leones cambiarán sus hábitos carnívoros y abandonarán sus instintos depredadores, la astuta serpiente antigua seguirá tragando «polvo» (עפר) todos los días de su vida, tal como Dios lo había declarado en el Edén (Génesis 3:14). Si bien la serpiente no disfrutará de una dieta emocionante en los últimos días, la presencia eterna de Dios en la tierra trastornará por completo el reino animal tal como lo hizo en el Edén. Si un lobo puede comer con un cordero en el escatón —sin comer el cordero (!)— entonces una serpiente parlante en el jardín de Dios comienza a sonar menos escandalosa.

La literatura judía de la época de Jesús apoya la idea de que la serpiente edénica habló debido a la presencia divina. Recordando el Edén, Josefo, el historiador del siglo I, afirma que «todas las criaturas vivientes tenían un idioma en ese momento. La serpiente, que entonces convivía con Adán y su mujer, mostró disposición envidiosa ante la idea de que vivieran felices y en obediencia a los mandamientos de Dios» (Antigüedades 1:41). No es la posesión demoníaca, sino la proximidad divina lo que otorga expresión a todo ser vivo en el Edén. El día en que Adán y Eva son expulsados, según una tradición del Segundo Templo, los animales pierden su capacidad de hablar fuera del Edén: «En ese día, la boca de todos los animales salvajes, ganado, pájaros, todo lo que se mueve y todo lo que se arrastra, quedaron incapaces de hablar. Porque todos solían hablar entre sí, con un mismo idioma y lengua…. Todas las criaturas mortales fueron esparcidas, cada una según su género y cada una según su naturaleza» (Jubileos 3:28-29). Estos antiguos autores judíos no encuentran extraño que los animales pudieran hablar en la presencia de Dios, y ni siquiera insinúan que el habla de la serpiente fuera obra de Satanás. Por el contrario, el filósofo judío del siglo I, Filón, afirma claramente que la serpiente habló por sí misma, sin ningún apoyo satánico: «El reptil viejo, venenoso y nacido en la tierra, la serpiente, profirió la voz de una persona» (Sobre la Creación 156).

Asociar a la serpiente con Satanás puede parecer una solución simple a un problema percibido, pero solo suena plausible si uno no está familiarizado con la teología bíblica y el pensamiento judaico. Para los autores de la Biblia y los judíos que vivieron en el período del Segundo Templo, una serpiente parlante no era un problema en primer lugar; más bien, era perfectamente razonable suponer que los animales serían capaces de hablar tan cerca de Dios. Con base en los datos judíos antiguos, si los lectores contemporáneos desean mantener que la serpiente habló debido a la influencia demoníaca, entonces también deben concluir que todos los animales del jardín fueron igualmente satánicos, no una visión complementaria de la creación más antigua de Dios. En lugar de invocar a Satanás para explicar la vida silvestre locuaz del Edén, es mejor dejar que las Escrituras hablen por sí mismas.

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