Para muchos de nosotros la «gloria» se ha convertido en un concepto abstracto. Los atletas buscan la gloria en el sentido de renombre o reputación; una puesta de sol es gloriosa si es especialmente hermosa; y glorificar algo significa hablar de ello en alta estima. Pero cuando los autores bíblicos se refieren a la gloria de Dios tienen en mente una idea mucho más específica y concreta. En hebreo, «gloria» (כבוד; kavód) proviene de (כבד; kavéd), que significa «pesado». Según las Escrituras de Israel, la gloria de Dios es una entidad física de peso que aparece en la tierra e interactúa con la humanidad.

Para los antiguos israelitas, la comprensión subyacente de la «gloria» (כבוד; kavód) es una de peso o masa. La raíz en la que se basa el término aparece cuando Dios decide enviar granizo contra Egipto, diciendo: «He aquí mañana a esta hora haré caer granizo muy pesado (כבד; kavéd), como nunca se ha visto en Egipto». (Éxodo 9:18). Así como Dios envía granizo desde el cielo, la «gloria» del Señor es una manifestación de peso de la presencia divina en la tierra. Las Escrituras describen la magnitud de la Majestad cuando Salomón inaugura el Templo en Jerusalén. Una vez completada la construcción, Dios descendió al edificio «de modo que los sacerdotes no podían estar de pie para ministrar a causa de la nube, porque la gloria (כבוד; kavód) del Señor llenaba (מלא; malé) la casa del Señor» (1 Reyes 8:11; comparar 2 Crónicas 5:14; 7:2). ¡Los sacerdotes no pudieron entrar al Templo porque la masa de gloria divina llenaba todo el espacio interior!

Aquellos que tradujeron e interpretaron las Escrituras hebreas también entendieron la naturaleza material y espacial de la gloria de Dios. En Levítico, Dios le dice a Israel: «Haré mi morada entre ustedes y no les aborreceré. Caminaré entre ustedes» (Levítico 26:11-12). Los escritores rabínicos posteriores que tradujeron este texto al arameo agregaron: «Pondré la morada de mi gloria (שכינת יקרי; shejinát yeqarí) entre ustedes y mi Palabra (מימרי; memrí) no estará lejos de ustedes. Estableceré la gloria de mi Presencia entre ustedes» (Targúm Pseudo-Jonathan a Levítico 26:11-12). Para el(los) traductor(es) arameo(s), la gloria de Dios es una manifestación concreta de la presencia divina que interactúa con las personas. El Evangelio de Juan tiene en mente esta misma noción de manifestación física cuando afirma que «el Verbo (λόγος; logos) se hizo carne y habitó (ἐσκήνωσεν; eskénosen) entre nosotros y hemos visto su gloria (δόξαν; dóxan)» (Juan 1:14). Para los judíos antiguos, la «gloria» de Dios no era una entidad abstracta o etérea, sino una aparición tangible del Señor en la tierra.

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