La resurrección es fundamental para el pensamiento judío antiguo. Las descripciones de los muertos siendo resucitados aparecen en las Escrituras de Israel, el Nuevo Testamento y la literatura rabínica. Pero, ¿qué sucede en el tiempo entre la muerte y la resurrección? Algunos asumen que el «cielo»,(שׁמים; shamáyim), es el destino después de la muerte, pero ahí es donde vive Dios, no donde van las personas cuando mueren. En lugar de describir una vida futura en el cielo, la Biblia se refiere al «Seol» (שׁאול; She´ól) como la esfera provisional en la que los fallecidos esperan la resurrección.

La noción de resurrección corporal impregna la literatura judía. Daniel 12:2 declara: «Las multitudes que duermen en el polvo de la tierra se despertarán: algunos a la vida eterna, y otros a la vergüenza y al desprecio eterno». Jesús dice: «Llegará una hora en que todos los que están en las tumbas oirán [mi] voz y saldrán: aquellos que hicieron el bien, hacia la resurrección de la vida y aquellos que hicieron el mal, hacia la resurrección del juicio» (Juan 5:28-29). Según la Mishná, «los que nacen están [destinados] a morir, y los que mueren están [destinados] a la resurrección» (m. Avót 4:22). Los antiguos judíos esperaban una resurrección física universal en la que todas las personas tanto las justas como las malvadas estarían ante Dios.

Las Escrituras de Israel describen un lugar llamada Seol donde las personas van después de la muerte. Cuando Jacob piensa que José ha muerto, exclama: «Iré al Seol (שׁאול; She´ól) con mi hijo» (Génesis 37:35). La oración de Ana afirma que aquellos en el Seol, algún día serán resucitados hacia una nueva vida: «El Señor trae muerte y da vida (מחיה; mejayé); él baja al Seol (שׁאול; She´ól) y levanta» (1 Samuel 2:6). En este caso Seol es un «marcador de posición» donde los muertos esperan la resurrección. Incluso entre la muerte y la resurrección, quienes están en el Seol no están separados de Dios. El Salmo 139:8 dice: «Si subo al cielo, estás allí; si preparo mi cama en el Seol, estás allí». Aún así, la intención final de Dios es restaurar vidas del Seol a través de la resurrección (consultar Salmo 6:4-5; 30:3).

La palabra del Nuevo Testamento para Seol es Hades (ᾅδης). En la historia de Jesús sobre el hombre rico y Lázaro, los dos hombres mueren «y en el Hades (δης) [el hombre rico]… levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos, y a Lázaro en su seno» (Lucas 16:23). Cuando el hombre rico atormentado pide ayuda a Abraham, el patriarca le dice: «Se ha arreglado un gran abismo (χάσμα; chasma) entre nosotros y ustedes… y nadie puede cruzar de allí a nosotros» (Lucas 16:26). Si bien es fácil suponer que el hombre rico mira hacia arriba para ver a Abraham y a Lázaro en el «cielo», esto no es lo que dice el texto. Más bien, las tres figuras están en el mismo lugar, pero separadas por un abismo que nadie puede atravesar. El hombre rico, Lázaro y Abraham están todos en el Hades/Seol, pero el hombre rico está en un vecindario diferente.

Es a la luz de esta historia en Lucas 16, que debemos interpretar las palabras de Jesús al ladrón en Lucas 23:43: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (observa que Jesús no dice «en el cielo»). Aquí «paraíso» debe entenderse como el mismo lugar al que fue Lázaro, es decir, en la seguridad y tranquilidad del «seno de Abraham». Sin embargo, el paraíso no será el destino final del ladrón. En cambio, así como Jesús pasa solo tres días y tres noches en «el corazón de la tierra» (Mateo 12:40), la estancia del ladrón en la sección paradisíaca del Seol es solo un respiro temporal en el camino hacia la resurrección. En el pensamiento bíblico, todos los que han muerto (excepto Enoc y Elías) comienzan en el Seol/Hades y esperan su resurrección corporal en una «nueva tierra» (consultar Isaías 65:17; 66:22; 2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1) —cuando el reino eterno de Dios— la «nueva Jerusalén» (Apocalipsis 21:2), descienda del cielo a esta tierra.

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