Según Génesis, Dios sopló dentro del primer ser humano «el aliento de vida (נשׁמת חיים; nishmát jayím)» (Génesis 2:7). Este «aliento» dado por Dios (נשׁמה; neshamá) es el medio por el cual los humanos reciben su «espíritu» animador (רוח; rúaj). Mientras que el cuerpo humano, algún día volverá al polvo (por ejemplo: Génesis 3:19; Job 34:15; Salmo 104:29), «el espíritu (רוח; rúaj) regresará a Dios que lo dio» (Eclesiastés 12:7). Por un lado, aunque vivimos en un mundo físico, nuestro espíritu interno es etéreo —quiere decir que no es estrictamente físico—. Por otro lado, con respecto a lo que está más allá de la esfera terrenal, la Biblia describe a los seres espirituales aunque no están hechos de carne y hueso como entidades corporales con cuerpos espaciales y, a veces, visibles.

Las Escrituras de Israel ofrecen un vistazo a la esfera de la encarnación espiritual en la historia de Saúl y la adivina en Endor (1 Samuel 28). Después de que el profeta Samuel muere, los filisteos acampan contra los israelitas. Saúl le pregunta a Dios si debe participar en la batalla, «pero el Señor no le respondió» (1 Samuel 28:6). En respuesta a este silencio divino, Saúl encuentra una adivina en Endor y le pregunta: «Adivina para mí por medio de un espíritu (באוב; ba’óv) y… trae a Samuel para mí» (1 Samuel 28:8, 11) . Cuando la adivina lo hace, Saúl pregunta: «“¿Cuál es su apariencia?” Y ella dice: “Un viejo se acerca y está envuelto en una túnica”. Y Saúl supo que era Samuel» (1 Samuel 28:14). Saúl sabe que el «anciano» (אישׁ זקןísh zakén) que emerge de la otra vida, es Samuel porque el profeta lleva puesta la túnica ‘(מעיל; me’íl) que su madre Ana había hecho para él cada año a medida que crecía (ver 1 Samuel 2:19). Mientras que el cuerpo terrenal de Samuel ha sido enterrado en su ciudad natal de Ramá (ver 1 Samuel 28:3), y ahora «sube» (עלה; olé) del reino no físico de los muertos, él todavía está muy encarnado cuando se encuentra con Saúl en Endor.

Esta visión de un Samuel encarnado en el reino de los espíritus es coherente con la descripción de los espíritus de Job. Elifaz le cuenta a su amigo sufriente una experiencia espiritual que tuvo una vez durante las «visiones de la noche» (Job 4:13). Él le recuerda a Job: «Un espíritu (רוח; rúaj) se deslizó más allá de mi cara; el pelo de mi piel se erizó. [El espíritu] se detuvo, pero no pude discernir su apariencia, [aunque] hubo una forma ante mis ojos» (Job 4:15-16). Si bien Elifaz no puede distinguir la «apariencia» (מראה; mar´é) del espíritu, este posee una «forma» encarnada (תמינה; temuná) que se mueve (pasando por la cara de Elifaz) y «se para» (עמד; amád) en un espacio físico. El lenguaje bíblico enfatiza el hecho de que el «espíritu» (רוח; rúaj) con el que se encuentra Elifaz tiene un cuerpo.

La encarnación de los espíritus también aparece en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando Jesús es bautizado, «el Espíritu Santo descendió, como una paloma, en forma corporal (σωματικ εδει; somatiko eidei)» (Lucas 3:22). Por lo tanto, cuando Jesús dice en Juan 4:24 que «Dios es Espíritu» (πνεῦμα ὁ όεός; pneuma ho theós) esto no excluye la noción —repetida a través de la Biblia— de que Dios tiene una forma corporal (por ejemplo: Éxodo 24:9-10; 33:20-23; Números 12:8). En el pensamiento bíblico, si bien el reino espiritual no es de «carne y sangre» (consultar 1 Corintios 15:50), un espíritu puede, de hecho, tener un cuerpo.

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