En Deuteronomio, Moisés detalla el comportamiento necesario del futuro rey de Israel. El monarca no debe adquirir demasiada riqueza, regresar al pueblo a Egipto o exaltarse sobre sus compañeros israelitas. Si el rey sigue los mandamientos de Dios, asegurará un reinado prolongado. Isaías recuerda las palabras de Moisés con referencia al «sirviente» (עבד; éved) cuyo sufrimiento y muerte proporcionarán la expiación necesaria para el regreso de Israel del exilio. La reutilización del lenguaje de Moisés por parte del profeta sugiere que el sirviente realiza un acto real. Al dar su vida por su pueblo, el siervo sufriente de Isaías gana la recompensa del rey de Israel. Jesús sigue este modelo cuando muere como rey-sirviente y promulga la salvación del pecado.

En la cúspide de Canaán, Moisés le dice a su pueblo: «Cuando entres a la tierra (ארץ; éretz)… puedes nombrar sobre ti un rey a quien el Señor tu Dios elija» (Deuteronomio 17:14). Este rey debe tener una copia de la Torá escrita en presencia de los sacerdotes, que leerá «todos los días de su vida (כל ימי חייו; cól yaméi jayáv) para asegurarse de que cumpla los mandamientos de Dios» (Deuteronomio 17:19). Siempre que el líder real no se desvíe de las regulaciones divinas, «alargará [sus] días (יאריך ימים; ya’aríj yamím) como rey de Israel» (Deuteronomio 17:20). Deuteronomio establece los requisitos para la figura más exaltada entre el pueblo de Israel.

Isaías describe a un sirviente cuyo sufrimiento y muerte resultarán en que sea «puesto en alto y sea exaltado» (Isaías 52:13), términos generalmente reservados para Dios (consultar Isaías 6:1; 57:15). Este sirviente dará su vida como una «ofrenda de culpa» (אשׁם; ashám) por su pueblo a fin de representar el regreso del exilio. El retrato profético del sirviente hace eco de la descripción que hizo Moisés sobre el rey de Israel: «El Señor se complació en quebrantar y afligir [al siervo]; cuando Él nombra su vida (נפשׁו; nafshó) como ofrenda de culpa, verá su descendencia y prolongará [sus] días (יאריך ימים)» (Isaías 53:10). El rey de Deuteronomio leería la Torá «todos los días de su vida» y así prolongaría sus días en la tierra, pero el sirviente de Isaías prolongaría sus días después de su muerte, habiendo sido «cortado de la tierra de los vivientes (ארץ חיים; éretz jayím)» (Isaías 53:8). Haciendo eco de Deuteronomio, Isaías sugiere que la muerte en sacrificio del sirviente conduce a su coronación como rey. Esta imagen paradójica de un rey-siervo que se sacrifica vuelve a surgir en los Evangelios: Yeshúa declara que vino «para servir (διακονῆσαι; diakonesai), y para dar su vida (ψυχὴν; psuchèn) como rescate [sacrificio] (λύτρον; lútron) a cambio de muchos» (Mateo 20: 28; Marcos 10:45). Al igual que con el sirviente de Isaías, Jesús es coronado «Rey de los judíos» en medio de su sufrimiento y muerte, y prolonga sus días cuando Dios lo levanta de entre los muertos.

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